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En España hay unos 8 millones de personas alérgicas a algún tipo de polen, según la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC). Muchas de ellas no siguen ningún tipo de tratamiento ni control médico, y cada primavera sufren con resignación molestias como estornudos, goteo nasal, picor en los ojos y en la garganta... sobre todo cuando estas no son muy intensas.

Pero los expertos también alertan de que muchos afectados por la alergia deciden automedicarse con antihistamínicos cuando los síntomas se agravan. Sin embargo, estos medicamentos pueden suponer un peligro para la salud si se toman sin control.

En ambos casos, la afección puede ir a más. De hecho, los especialistas aseguran que, al tercer año de la aparición de la alergia, los síntomas suelen intensificarse. Por eso, advierten de que para un buen control de la enfermedad es imprescindible acudir a un alergólogo ante las primeras señales.

Qué te puede recetar el médico para la alergia

Si cada año, sobre todo por esta época, sueles tener los síntomas que antes hemos mencionado, no lo dejes pasar y acude al médico. Este te hará las pruebas necesarias para averiguar qué tipo de alergia sufres y te recetará el tratamiento más adecuado en tu caso. Te explicamos cuáles son los fármacos más habituales, sus pros y sus contras.

1. Antihistamínicos

Actúan frenando la acción de la histamina, la sustancia que se libera en nuestro organismo frente a todo proceso alérgico y que provoca las molestias típicas de nariz y ojos.

Aunque los antihistamínicos son los fármacos más indicados para reducir las molestias, algunas personas no logran el alivio esperado. ¿Las razones? Seguramente no se está tomando el medicamento adecuado para la fase en la que se encuentra la alergia, o bien la dosis no es la correcta o no se toma durante el tiempo necesario.

Por eso, a pesar de que son uno de los fármacos más vendidos sin receta, debe ser siempre el médico el que te prescriba el más indicado para tu caso, que dependerá siempre de la intensidad de los síntomas y de la causa que los provoca.

2. Descongestionantes en gotas o en espray

“Abren” la nariz rápidamente y facilitan la respiración, pero su efecto dura muy poco. Además, está demostrado que provocan cierta adicción cuando se abusa de ellos. La razón es que, si bien es verdad que producen una vasoconstricción que alivia la congestión, al cabo de poco tiempo se produce un efecto rebote: te notas la nariz aún más tapada y, por lo tanto, necesitas más dosis y con mayor frecuencia.

Si el médico te recomienda este tipo de fármacos, sigue sus instrucciones y no aumentes las dosis por tu cuenta. El uso continuado y abusivo de estas gotas o esprays puede acabar provocándote rinitis medicamentosa, una alteración de tipo crónico.

3. Esprays nasales con corticoides

Cuando los antihistamínicos no son suficiente, los esprays con corticoides pueden ayudar a equilibrar la mucosa nasal. Sin embargo, debes tener en cuenta que no son efectivos si los tomas justo cuando tienes el ataque de rinitis alérgica. Su efecto empieza a las 24 horas de usarlo y alcanza la máxima eficacia a la semana de tratamiento.

Usados de forma continuada, a diario, mejoran las molestias nasales y tienen un efecto preventivo. Como cualquier tratamiento con corticoides, debe seguirse siempre bajo prescripción médica, y normalmente dura al menos 4 semanas.

4. Inmunoterapia

También llamada vacuna antialérgica, detiene el avance del trastorno, aunque no siempre es necesaria. Su función es la de cambiar gradualmente la manera en la que el organismo reacciona frente a las sustancias que le producen alergia para que no experimente más sus síntomas.

Generalmente, este tratamiento solo se aconseja a personas que siguen teniendo reacciones fuertes a pesar de tomar antihistamínicos y seguir las medidas de prevención. La vacunación puede evitar que desarrollen asma, cosa que ocurre al 20% de los alérgicos al polen. Sus efectos no se notan hasta unos meses después de haber comenzado el tratamiento.

Esta vacuna se puede administrar de dos formas diferentes: subcutánea (inyectada) o sublingual (gotas, aerosoles y pastillas).

La subcutánea es la más utilizada en España y la que suele aconsejar el alergólogo, ya que al administrarla un profesional médico –una vez al mes– facilita el control de posibles efectos adversos.

En la vacuna sublingual, la dosis se deposita debajo de la lengua y se retiene dos minutos antes de tragarla. La ventaja es que no es necesario acudir al centro médico para su administración. Pero en cambio, como se debe tomar cada día o en días alternos, es más fácil que el paciente se olvide y, por tanto, que el tratamiento no sea tan efectivo como debería.

Qué pruebas pueden hacerte antes

Cada reacción alérgica es desencadenada por un alérgeno específico. Por ejemplo, puedes tener alergia al polen de las gramíneas –la más frecuente–, o al del olivo, ciprés, salsola, plátano de sombra o parietaria. El principal objetivo del especialista es identificar qué sustancia te provoca la alergia para poder realizar un diagnóstico, decidir el tratamiento más adecuado y aconsejarte sobre las precauciones que debes tomar. Para ello, pueden hacerte las siguientes pruebas:

  • Cutáneas. Son las que se realizan con más frecuencia para diagnosticar las alergias. La más habitual consiste en inyectar mediante pinchacitos una pequeña cantidad de posibles alérgenos y esperar unos 20 minutos para ver si hay reacción.
  • Muestra de sangre. Los basófilos son los glóbulos blancos encargados de generar la histamina, la sustancia responsable de los síntomas alérgicos. El test de activación de basófilos (TAB) permite detectar la posible reacción de estos glóbulos blancos con un simple análisis de sangre.