Hipertensión

¿Cuándo ha sido la última vez que te has tomado la tensión? Hay quien no lo hace prácticamente nunca y es un error ya que tener la tensión alta no da síntomas pero es peligroso para la salud. Y si tú eres de cifras más bien altas, no lo dejes pasar, con sencillos cambios de hábitos puedes llegar a controlarlas.

¿Qué es la hipertensión?

Unos 14 millones de españoles sufren hipertensión. Y unos 4 millones estarían sin diagnosticar, según la Sociedad Española de Hipertensión-Liga Española para la Lucha contra la Hipertensión Arterial (SEH-LELHA). Sin embargo, se trata de un trastorno que se puede prevenir fácilmente, ya que en muchos casos depende de los hábitos y la alimentación.

Se considera que una persona sufre hipertensión arterial –o como popularmente se dice, "tiene la tensión alta"– cuando las cifras de tensión o presión arterial (TA) se mantienen elevadas en el tiempo, ya sea de manera puntual para luego normalizarse, o bien de forma prolongada y constante.

Para que el organismo funcione bien, la presión arterial debe mantenerse constante dentro de unos valores determinados: 

  • Tensión sistólica. También llamada máxima o alta (PAS). La cifra normal en los adultos es de 120 mmHg.
  • Tensión diastólica. Se denomina también mínima o baja (PAD). El valor normal es de 80 mmHg.

¿A partir de qué cifras es hipertensión? La presión arterial se considera alta o elevada cuando la tensión sistólica (alta) es igual o superior a 140 mmHg y/o la tensión diastólica (baja) es igual o superior a 90 mmHg.

Hablar de tensión arterial descompensada no es correcto. Se suele utilizar esta expresión cuando la máxima y la mínima tienen valores muy cercanos. Pero esto es irrelevante. Lo correcto es referirse a la tensión arterial como alta, baja o normal según los valores 120/80 mmHg.

¿Por qué hay dos valores?

La presión arterial es la fuerza con la que la sangre golpea las paredes de las arterias a su paso por ellas. Cada vez que el corazón late, expulsa la sangre contra los vasos sanguíneos, siendo en ese momento cuando la presión arterial es más alta.

Por el contrario, entre un latido y otro, el corazón se encuentra en reposo y es cuando la presión arterial es más baja.

Es decir, que cuando el corazón se contrae, la presión arterial aumenta (presión máxima o sistólica); y cuando se relaja, disminuye (presión arterial mínima o diastólica).

La tensión arterial sistólica aumenta con el paso de los años de manera normal. Con frecuencia, la mujer tiene cifras de tensión inferiores al hombre durante toda su vida, pero al llegar a la menopausia, y sobre todo a partir de los 60 años, estas cifras se incrementan y es cuando suelen aparecer los problemas de hipertensión.

¿Cuáles son los síntomas?

El principal problema de la hipertensión arterial es que no siempre provoca síntomas. En ocasiones, se descubre cuando la persona ya sufre algún otro problema de salud, como una enfermedad cardiovascular.

Sin embargo, a veces sí que existen algunas señales que nos pueden alertar de una posible hipertensión y que debemos consultar al médico. Las más habituales son estas:

  • Dolores de cabeza frecuentes sin otra causa que los justifique.
  • Sangrados de nariz espontáneos, sin habernos dado ningún golpe.
  • Palpitaciones en la cabeza o en el pecho, incluso estando tranquilos.
  • Mareos o visión borrosa.
  • Dificultad para respirar correctamente.
  • Náuseas y vómitos.

¿Cómo se diagnostica?

El diagnóstico de la hipertensión arterial (HTA) se realiza fácilmente mediante la medición de la presión arterial en la consulta del médico con un aparato llamado esfingomanómetro (o tensiómetro).

En algunos casos, pueden ser necesarias otras pruebas, como un holter, una máquina que debe llevar el paciente consigo durante 24 horas y que va midiendo su presión arterial a lo largo del día. 

¿Cuál es el tratamiento?

Mantener un estilo de vida cardiosaludable no solo es la mejor forma de prevenir la hipertensión arterial, sino también de tratarla y tenerla bajo control:

  • Sigue una dieta sana y equilibrada. Procura aumentar el consumo de frutas, hortalizas y verduras, legumbres, pescados, aves, frutos secos, cereales y aceite de oliva virgen para condimentar. Reduce la ingesta de carnes rojas y evita los productos procesados y precocinados, por su elevado contenido en sal.
  • Haz ejercicio físico. Practica alguna actividad a diario, o al menos procura caminar durante 30 minutos a buen ritmo.
  • Deja el tabaco. Al fumar un cigarrillo, la presión arterial aumenta notablemente y se mantiene así hasta 15 minutos después. Se ha visto que dejar este hábito tiene unos efectos positivos sobre la tensión arterial superiores a los que pueda ejercer cualquier fármaco. 
  • Limita el consumo de alcohol. Aunque algunos estudios sostienen que tomar un vaso de vino al día, durante la comida, puede ser beneficioso para el sistema cardiovascular, superar esta cantidad tiene el efecto contrario: provoca un incremento de la presión arterial y perjudica al corazón. 

Una vez diagnosticada la hipertensión arterial,  la dieta es la clave inicial para su tratamiento. Un menú bajo en sal, junto con la práctica de ejercicio físico regular, pueden evitar la necesidad de tomar medicamentos.

Cuando estas medidas no son suficiente, puede ser necesario que el médico recete algún fármaco antihipertensivo. Pero bajo ningún concepto debe tomarse por cuenta propia, ya que puede provocar daños mayores en el organismo.

Ojo con ciertos fármacos

No solo los alimentos contienen sal, también puede estar presente en la composición de algunos medicamentos, sobre todo en las fórmulas efervescentes.

Los anticonceptivos orales y la terapia hormonal sustitutiva pueden producir ligeras elevaciones de la presión arterial.

¿Por qué es peligroso tener la tensión alta?

Tener hipertensión arterial es un serio riesgo para la salud, ya que favorece la aparición de enfermedades cardiovasculares, como infarto agudo de miocardio, trombosis y derrame cerebral, entre otras.

Para poder soportar la presión, el corazón debe trabajar a un ritmo superior al que está acostumbrado y realizar un sobreesfuerzo. Esto puede provocar un aumento de su tamaño y también afectar a otros órganos, como el cerebro, los riñones, las extremidades inferiores (piernas y pies) e, incluso, los ojos si no se pone remedio.

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