Diabetes

A pesar de ser una enfermedad crónica e incurable, las personas que sufren diabetes pueden llevar una vida más o menos normal y de calidad si siguen una serie de pautas y tratamientos para su adecuado control.

¿Qué es la diabetes?

La glucosa es la principal fuente de energía del organismo y se obtiene a través de la ingesta de los alimentos. Para que las células puedan utilizarla, necesitan de la acción de una hormona llamada insulina, que es secretada por el páncreas.

La diabetes aparece debido a una anomalía en la producción de la insulina por el páncreas o en su funcionamiento. Si esto sucede, los niveles de azúcar en la sangre permanecen elevados, lo que puede originar diversos problemas de salud. Los valores de glucosa considerados normales están entre 70-100 mg/dl.

Se llama glucemia a la glucosa que circula por el torrente sanguíneo, por lo que se habla de hiperglucemia cuando estos valores de glucemia están anormalmente aumentados; de hipoglucemia si, por el contrario, están excesivamente bajos; y de normoglucemia si los valores de glucosa en sangre se encuentran dentro del rango normal. En el caso de la diabetes, la glucemia es alta.

Existen varios tipos

La enfermedad puede deberse a la ausencia de insulina, lo que se conoce como diabetes tipo 1, que puede aparecer en la infancia; o a un mal funcionamiento de la misma, diabetes tipo 2, llamada también diabetes del adulto porque es más frecuente a partir de los 40 años.

Existe otro tipo de diabetes que puede aparecer durante el embarazo, la llamada diabetes gestacional. Lo normal es que desaparezca tras dar a luz sin mayores consecuencias. Sin embargo, el problema es que no da síntomas, por lo que hay que llevar un estrecho control glucémico durante la gestación para su detección precoz y evitar problemas en el bebé.

¿Cuáles son los síntomas?

Las principales señales que pueden avisar de una diabetes son estas tres:

  1. Micciones muy largas, abundantes y frecuentes, trastorno llamado poliuria.
  2. Sed excesiva o polidipsia.
  3. Hambre voraz o polifagia.

Pero también son habituales estos otros síntomas:

  • Pérdida de peso, aun comiendo más de lo habitual.
  • Cansancio excesivo e irritabilidad.
  • Visión borrosa.
  • Hormigueos en manos y pies.
  • Heridas que tardan en curar, infecciones frecuentes y hematomas, sobre todo en la diabetes tipo 2.

Un simple análisis de sangre revelará si existen valores elevados de glucosa.

¿Cuál es el tratamiento?

Seguir una dieta sana y equilibrada es muy importante. Es necesario mantener las siguientes pautas para conseguir un buen control de la enfermedad:

  • Limitar al máximo los azúcares de rápida absorción, como dulces, refrescos, bebidas alcohólicas, frutas en almíbar, chocolate y miel.
  • Aumentar el consumo de fibra, ya que hace que disminuya la absorción de los azúcares.
  • Realizar 4-5 comidas al día, más o menos siempre a la misma hora para mantener un mejor control glucémico.

Existen dos tipos de fármacos para el tratamiento de la diabetes que siempre deben ser pautados por el médico: la insulina y los antidiabéticos orales. La insulina se utiliza siempre que esta no es producida por el organismo, como en el caso de la diabetes tipo 1. Y los antidiabéticos orales se prescriben para regular la secreción de insulina, mejorar el uso de la glucosa en los diferentes órganos y tejidos, y para ralentizar la absorción de los azúcares a nivel intestinal. 

El objetivo de estos tratamientos es conseguir unos niveles de glucosa normales y mantenerlos constantes, evitando las bajadas bruscas de azúcar o hipoglucemias (menos de 60 mg/dl).

Aunque es necesario seguir un control dietético riguroso, se debe garantizar una nutrición adecuada para que no haya carencias de ningún tipo. Asimismo, es muy importante mantener un peso saludable y evitar factores de riesgo cardiovascular. Practicar ejercicio físico a diario, además de ayudar a controlar el peso, reduce los niveles de glucosa en sangre, aumentando la acción de la insulina.

¿Por qué es peligroso tener el azúcar alto?

Si los valores de glucosa se mantienen excesivamente altos y no se pone remedio, aparecen complicaciones que pueden llegar a ser muy graves, e incluso provocar la muerte. Las más frecuentes son estas:

  • Afecciones de la piel, como infecciones, heridas y úlceras que tardan más de lo habitual en curar.
  • Problemas en los ojos, como retinopatía, que puede llegar a causar ceguera.
  • Daño en los nervios periféricos (neuropatía), incluso afectaciones neurológicas que pueden acabar con la amputación de algún miembro, sobre todo de los inferiores (pies y dedos).

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